No es novedad que el escritor y poeta danés Hans Christian Andersen es uno de los grandes autores nórdicos y escandinavos de la historia, y ya ha nutrido de cuentos y leyendas a este blog en numerosas ocasiones. Pero esta vez lo hace con un cuento que, si bien es navideño, tiene un trasfondo de denuncia al inconformismo humano. El abeto (Grantræet en danés) pasó de generación en generación por su lectura en voz alta en reuniones sociales en Dinamarca. La primera vez que Andersen lo leyó fue en una fiesta de Navidad de 1845, junto con El patito feo, frente a la princesa de Prusia y el conde de Bismark-Bohlen. Dato curioso: entre el público también estuvo un tal Wihlem Grimm, uno de los Hermanos Grimm, a quien, según el diario de Andersen, le gustó la historia. El abeto se publicó en el mismo volumen de cuentos que La Reina de las Nieves.
Érase una vez, en un hermoso lugar de un gran bosque, un joven y pequeño abeto. A su alrededor disponía de todo aquello que podía soñar: el sol brillaba sobre él, la brisa acariciaba sus hojas, los animales cantaban y correteaban alegres a su alrededor, la lluvia lo alimentaba y la tranquilidad lo arrullaba. Sin embargo, él sólo tenía un deseo: no veía el momento de ser mayor, igual que el resto de abetos que le rodeaban.
«Cuando sea mayor, me ramificaré y con las puntas de mis hojas miraré al ancho mundo. Los pájaros harán un nido en mis ramas. Los árboles adultos tienen algo de majestuoso»
Al final del año había crecido bastante, aunque a un ritmo más lento del que le gustaría. Ya nada le daba placer. Ni los pájaros, ni las nubes, ni el sol. Nada. En invierno, una pequeña liebre correteaba a su alrededor y el pequeño abeto se enfadaba cada vez que el animalito lograba saltarlo por encima. Hasta que cierto día la liebre tuvo que rodearlo. Aquello le enorgulleció y le animó.

Cuando llegó Navidad, muchos de los abetos adultos que le rodeaban fueron cortados. El árbol preguntó a sus amigos los gorriones:
«¿Adónde van? No son mucho más grandes que yo»
Los gorriones respondieron:
«La gente se los lleva a sus casas y les da un buen hogar. Los decoran con bonitos adornos, cuelgan luces y bailan y cantan a su alrededor»
Entusiasmado con semejante historia, el abeto no se asustó cuando los leñadores vinieron a cortarlo. Sólo se notó extraño cuando sintió derrumbarse al suelo y quizá un poco triste por dejar el bosque, pero pronto se le pasó. Por primera vez dejaría el lugar donde había nacido e iría a un lugar mejor. Horas después se encontró en una preciosa y enorme casa, donde lo colocaron en una grandísima maceta y una tela verde sobre ella para cubrirla. Unas mujeres jóvenes ataviadas con cofia lo adornaron, colgaron bombones, caramelos y cañas de azúcar de sus hojas y en sus ramas engancharon luces. Coronaron su cabeza con una gran estrella dorada. Era precioso. El abeto no podía ser más feliz.
Esa noche se encendieron las luces y el abeto comenzó a brillar. De repente, la puerta de la habitación se abrió de golpe y un montón de niños se dirigió corriendo a él para arrancarle los caramelos de las hojas. El árbol contempló con impotencia algunos de los preciosos adornos que le habían colocado caer al suelo sin que nadie los repusiera. Le dolían las ramas y las hojas. Incluso la estrella se había caído. Conforme la noche avanzó y los niños abrieron los regalos, el ánimo del abeto se tranquilizó. Un hombre leyó un libro y el abeto disfrutó de la historia. Cuando todo el mundo se fue a dormir, el abeto se dijo:

«Mañana no temeré y disfrutaré de mi belleza en todo su esplendor»
Sin embargo, al día siguiente no había más adornos bonitos, ni cuentos agradables. Los criados de la casa cogieron al abeto y lo trasladaron a un desván oscuro y polvoriento frente al desconcierto del pobre árbol. Transcurrieron los días y por allí no apareció nadie. Hacía mucho frío y estaba oscuro. Y el pobre abeto se sentía cada vez más cansado y triste. Un día, un ratoncito se sentó a su lado y le preguntó quién era. El árbol, contento de poder hablar con alguien, le contó su historia. El ratoncito, fascinado, llevó a varios amigos al día siguiente y le pidió que la repitiera.
Así, el árbol se ganó muchos días de amigos que escuchaban una y otra vez sus andanzas, que le llenaba de alegría recordar. Sin embargo, tampoco esto duró para siempre porque los ratoncitos acabaron por cansarse de escuchar siempre la misma historia. Así, el abeto volvió a quedarse solo.
Una mañana, aparecieron personas que el abeto no conocía y que comenzaron a limpiar el ático. Sacaron el abeto a la calle y lo tiraron en un rincón del jardín. Sintió el aire fresco y los rayos del sol en su tallo. El abeto, viejo y agotado, pensó que le dejarían disfrutar de la vida. Trató de extender sus raíces, pero éstas y sus ramas estaban ya amarillas y marchitas. Allí estaba, entre hierbajos y ortigas.
Pensó en su juventud, en el bosque, en sus amigos los animales, en la alegre noche de Navidad y en los ratoncitos. Y pensó en su vida pasada y en el cariño con que contó su historia a los ratoncitos. Aquella vida era hermosa y buena. Pero nunca la había disfrutado por querer ser mayor.
«Se acabó. Si me hubiera sentido feliz cuando tenía motivos… Pero ahora se acabó»
El jardinero cortó el abeto en trocitos y el árbol se utilizó para la chimenea. Los niños jugaban delante del fuego como si nada.
¡¡¡¡Qué bonito!!!!.
Digno de su autor.
Gracias por rescatarlo del olvido y del desconocimiento.
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