El Caballero Verde: el primer cuento sobre salud mental

Corría el año 1876 cuando en Dinamarca se decidió hablar de la salud mental por primera vez a los niños más pequeños, al tiempo que se trasladaba el mensaje de que las princesas no tienen por qué ser siempre las salvadas, sino que más bien son heroínas salvadoras de sus propias historias. Así se planteó El Caballero Verde, de autor desconocido y origen danés que recopiló Svend Grundtvig en Danish Fairy Tales (Danske Folkeæventyr) y que tradujo al inglés en 1912 J. Grant Cramer. Lo han traducido también Evald Tang Kristensen (Eventyr Fra Jylland, 1881) y Andrew Lang a partir de esta última versión en The Olive Fairy Book (1907). Lo más probable es que el inicio del cuento suene familiar. De hecho, se le conoce como La Cenicienta danesa. Aunque su desarrollo poco tiene que ver con ella.

Érase una vez un rey y una reina que cuidaban amorosamente de su pequeña hija. La familia solía vivir en uno de los más fastuosos castillos del reino, rodeado de bosque y naturaleza, pero también de las casas de sus súbditos. Cierto día, la reina enfermó tan gravemente que no tardó en morir. El rey, sumido en una profunda tristeza, no dudó en volcarse en los cuidados de la princesa para seguir adelante. La princesa se esforzó primorosamente en ser fuerte y continuar con su vida, enfocada en su amor por la lectura y por los pájaros, pero nada de eso lograba esconder la soledad que sentía.

Con el tiempo, se hizo amiga de la hija de una viuda que vivía muy cerca del castillo. A diferencia de la princesa, la hija de la viuda no era buena persona, pues su egoísmo y vanidad eran referidos en el reino, y al igual que su madre, era inteligente, aunque no siempre para hacer el bien. Sin embargo, la princesa hacía la vista gorda y se consolaba pensando que ella era la única amiga que tenía. Madre e hija hicieron todo lo que estaba en su mano para colmar de cariño a la princesa, hasta que la joven se dio cuenta de que no podía vivir sin ellas.

El Caballero Verde está inspirado de alguna forma en La Cenicienta… pero no podría tener un sentido más opuesto al cuento de Perrault

La viuda, al darse cuenta de la dependencia emocional de la princesa de ellas dos, convenció a su hija para que le contase a la princesa que debía marcharse con su madre a otro país. El plan de la viuda surtió efecto: al enterarse, la princesa corrió ante su padre para suplicarle que se casase con la viuda para que su amiga pudiera permanecer a su lado. El rey le contestó:

«Te arrepentirías ciertamente si lo hiciera. Y tal vez yo también, pues no tengo otro deseo que casarme, pero no tengo confianza en la engañosa condesa ni en su hija»

La princesa lloró tanto que el rey, consciente de lo que ambos habían sufrido con la pérdida de la reina, cedió y contrajo matrimonio con la viuda, con lo que madre e hija comenzaron su vida en la corte. El espejismo de felicidad se acabó de pronto para la princesa: tan pronto la viuda y su hija alcanzaron el escalafón deseado, comenzó el maltrato. La reina no hacía nada salvo molestar y atormentar a su hijastra, mientras que nada era demasiado bueno para su propia niña. Su hija no le prestó ninguna atención a la pobre princesa, pero hizo todo lo posible para hacer su vida miserable. Al tiempo que la vida del rey de la princesa decaían, también lo hacía la naturaleza que rodeaba el castillo, como si las plantas y los animales sufrieran en sus carnes el apagón de ánimo de padre e hija.

Cierto día, el rey llamó a la princesa:

«Mi pobre hija, no puedo imaginar lo que estás sufriendo, pues todo ha sucedido tal y como yo lo predije. No obstante, ya es muy tarde para desandar lo andado. Refúgiate en mi palacio de verano en la isla hasta que tu madrastra muera. Ni ella ni tu hermanastra podrán encontrarte»

Aunque triste, la princesa decidió obedecer. Pasaban los años y el presagio de su padre sobre la muerte de su madrastra no se producía. La muchacha creció hasta ser una adorable muchacha, pura, inocente, sensata y tierna tanto como hombres como con animales. Pero nunca fue realmente feliz, y siempre quedó un un rastro de tristeza en su naturaleza, y el anhelo por algo mejor de lo que hasta ahora había encontrado en el mundo. Su padre la visitaba a menudo aprovechando sus largos viajes para reunirse con otros monarcas. Uno de esos días, la princesa le pidió:

«Si ves al Caballero Verde, salúdale de mi parte. Le he esperado mucho tiempo y él, y sólo él, podrá librarme de mi sufrimiento»

El rey jamás había oído hablar de ningún caballero así. Aunque desconcertado, le prometió que lo haría y una vez finalizado su viaje, se dedicó a buscar por otros reinos a aquel misterioso caballero sin que nadie supiera decirle quién era o dónde encontrarle. Cierto día, el rey dio con un pastor que le señaló un pasadizo hacia un valle.

«Allí encontrarás los prados y explanadas más verdes que puedas imaginar. Atraviésalos y encontrarás el castillo del Caballero Verde»

Así lo hizo el rey y efectivamente, dio con unos campos tan verdes que creyó que estaba soñando. Al otro lado de la explanada dio con un castillo también completamente verde, rodeado de parras y plantas trepadoras. Pidió ver al Caballero Verde de inmediato y lo encontró en mitad de un salón que parecía un jardín. Era un hombre joven, apuesto y alto, también vestido de verde, que recibió al rey con gran amabilidad. Al explicarle el rey el motivo por el que se había presentado ante él, el joven cambió su gesto por el de preocupación.

«Tu hija no se refería a mí, pues no me conoce. Tu hija está profundamente triste y sin duda se refería a los verdes montículos donde las almas descansan enternamente.»

El rey se sintió destrozado cuando comprendió que la princesa buscaba morir para aliviar su dolor. El Caballero Verde desapareció un instante dentro del salón y volvió con un libro verde que le entregó al rey con la siguiente indicación.

«Dile que lea este libro en voz alta sentada junto a una ventana que dé al este»

El monarca partió de inmediato tras darle las gracias al joven y tan pronto entró en su palacio de verano, le entregó el libro a su hija, quien prometió cumplir las indicaciones. Aquella misma noche, la princesa leyó en voz alta el libro encerrada en su alcoba y de pronto observó cómo todas las damas de compañía y los soldados que vigilaban el palacio caían en un profundo sueño. Mientras, se acercó un pájaro verde que aterrizó en el alféizar de su ventana y que acabó transformándose en el Caballero Verde al que su padre había conocido. El joven le pidió que le contara cuál era la causa de su tristeza y la princesa habló largo y tendido como nunca antes, sintiéndose escuchada y apoyada.

Tras muchas horas, al despuntar el amanecer, el Caballero Verde anunció que debía marcharse, pero que la princesa era libre de repetir el hechizo tantas veces como lo necesitase para volver a verle. Al irse, las damas de la corte y los soldados se despertaron y continuaron con sus quehaceres como si nada hubiera pasado. La princesa repitió el ritual prácticamente a diario y su ánimo y su aspecto mejoraron tanto que todo el mundo comenzó a hablar del repentino cambio. Los comentarios llegaron a oídos de su madrastra, que veía cómo su plan se hacía pedazos. Y es que su intención no era otra que matar de tristeza a la princesa para que su propia hija fuese la única aspirante a heredar el trono.

Decidida a continuar con su plan, viajó hasta el palacio de verano y permaneció un par de noches escondida al pie de la ventana de la princesa hasta averiguar lo que pasaba. Una noche, se armó de unas tijeras y las levantó lo justo para herir gravemente al Caballero Verde, ya convertido de nuevo en pájaro, cuando se disponía a marcharse hacia su palacio rayando la mañana. Pese a la herida, el pájaro pudo seguir volando, pero al día siguiente, cuando la princesa leyó de nuevo el libro en voz alta, nadie acudió. Ni al día siguiente. Ni al otro, ni al otro. Y de nuevo, el ánimo de la princesa comenzaba a marchitarse, y esta vez, mucho más rápido.

Cierto día, un ave fénix se posó en el alféizar de la princesa, que se llevó un gran susto. El ave la tranquilizó asegurándole que conocía cuál era la causa de su pena, pues de nuevo, su estado de salud volvía a ser tema de conversación entre humanos, fauna y flora. El ave fénix le relató a la princesa lo que le había ocurrido al Caballero Verde y le dijo:

«En la morada de tu padre, junto a los establos, encontrarás un nido donde habita una víbora con nueve crías. Captura a las crías y llévatelas hasta el palacio del Caballero Verde. Allí deberás lograr cocinarlas y dárselas al caballero de tres en tres. Sólo así lograrás que mejore»

La princesa comprendió que ya no podía esperar más ayuda de nadie y que debía ser ella la que pusiese orden en el caos que su madrastra había provocado. Así que aquella noche se libró como pudo de sus damas de compañía y escapó hacia la península en dirección al castillo de su padre, de donde logró sacar a las nueve crías de víbora del escondite que le había indicado el ave fénix. Luego trató de recordar las indicaciones que su padre le había relatado sobre los verdes valles y caminó varios días con sus noches hasta encontrarse con el pastor, que le señaló la verdura del bosque.

La muchacha lo atravesó hasta tocar la puerta del palacio del Caballero Verde, donde se hizo pasar por sirvienta en busca de empleo. El único puesto libre estaba disponible en la cocina como lavaplatos, así que la princesa se incorporó de inmediato al trabajo. Tras varias semanas, había demostrado sobradamente que era ordenada, responsable y amable, así que el servicio no tardó en confiar en ella. Le contaron que el señor estaba muy malherido y con altas fiebres desde hacía un tiempo, y que su salud se deterioraba día a día. En ese momento, la princesa, decidida a cumplir las instrucciones del ave fénix, se dirigió al cocinero:

«Hoy permíteme que le prepare una sopa a nuestro señor enfermo. Sé bien cómo cocinarla. Sólo necesito hacerlo sola, para que nadie mire dentro de la cacerola»

Aceptó el cocinero y tan pronto la princesa tuvo la sopa preparada, se la llevó al Caballero Verde, cuya salud comenzó a mejorar al instante. La fiebre descendió durante los siguientes días y, tras la última partida de víboras, el Caballero Verde estaba totalmente recuperado. Tan pronto se sintió con fuerzas para levantarse de la cama, bajó a la cocina para felicitar a aquel que hubiera puesto remedio a su mal encontrándose de bruces con la princesa a los mandos de los fogones. La reconoció al instante y se dio cuenta de todo lo que había hecho por él. Abrazándola con fuerza, le dijo:

«Quién si no tú iba a salvarme la vida y curarme del veneno que había en mi sangre por las tijeras de tu madrastra…»

Actual castillo de Frederiksborg | Frederiksborg Slot

Ambos partieron de inmediato hacia el castillo del rey decididos a casarse. Una vez llegados, el monarca les recibió con la mejor de las noticias: la madrastra había muerto y su hija había sido encerrada en el palacio donde la princesa pasó sus peores días, aquejada de una terrible tristeza. Una vez celebrada la boda, la princesa y el Caballero Verde decidieron permanecer en el castillo del rey para cuidar de la antigua amiga de la princesa, transformándose él en el pájaro que tanta fuerza dio a la muchacha.

Aún siguen viviendo allí, gobernando a todos los habitantes de los bosques verdes. De hecho, la esencia del Caballero Verde no tardó en contagiarse al castillo del rey. Tanto es así que el actual castillo de Frederiksborg (Dinamarca), el castillo renacentista más grande de Escandinavia, es un fiel reflejo de este cuento y hay quien dice que fue allí donde se desarrolló esta historia. Siempre estuvo destinado a fines recreativos más que defensivos, y de ahí su aspecto de cuento de hadas.

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