Kirkenes: la puerta al Ártico cerrada para Rusia y entornada para China

Kirkenes es el centro geopolítico de Noruega. Al contrario que en otros países, donde la capital se lleva prácticamente todos los acontecimientos, nada sucede en Oslo. Situado a unos 15 kilómetros de la frontera con Rusia y 400 kilómetros al norte del Círculo Polar Ártico, solía ser un pueblo soñoliento y tranquilo, donde su peso político no terminaba de traducirse en tensión entre sus vecinos. Pero se ha partido en dos desde el comienzo de la guerra en Ucrania. Kirkenes sufre las consecuencias de las sanciones porque allí viven aproximadamente unos 400 rusos (el 10% de la población, de 3.500 habitantes) que, desde que empezó la invasión rusa de Ucrania, se han dividido en dos grupos. La mecha la prendió el consulado ruso colocando coronas de flores en el monumento que rinde homenaje a soldados soviéticos que expulsaron a los alemanes del pueblo al final de la Segunda Guerra Mundial. Según informó el medio digital local The Barents Observer, eso ha provocado indignación entre los habitantes, entre otras cosas porque las autoridades de Kirkenes le habían instado a no hacer semejante cosa.

Los rótulos, en las calles o en la biblioteca pública, están en ambos idiomas, y en el astillero de uno de los principales empleadores de la localidad se trabajaba sobre todo con barcos procedentes del puerto ruso de Múrmansk, la ciudad más grande de todo el Ártico. No obstante, las ventas en las tiendas se han desplomado porque son muy pocos los turistas rusos que las visitan. Mientras tanto, a consecuencia de las sanciones, el astillero ha perdido clientes. Tampoco llegarán más camiones que acaben de cruzar desde el país vecino; los productos fabricados en Rusia están vetados en la frontera por orden de Oslo. En Kirkenes no sólo se lamenta el golpe económico a la región; la invasión rusa de Ucrania ha evaporado décadas de cooperación en el Ártico.

En realidad, la actividad normal en la frontera nunca llegó a recuperarse de las restricciones impuestas por la pandemia. Ahora, según el servicio aduanero de Noruega (Tolletaten) sólo hay un puesto fronterizo entre los dos países: el de Storskog, a 15 kilómetros de Kirkenes. Cada día, guardias noruegos y rusos retiran sus respectivas barreras a las ocho de la mañana y vuelven a colocarlas a las tres de la tarde.

Pese a eso, todavía hay quien sueña con que Kirkenes se convierta algún día en un importante centro de transporte marítimo. Los noruegos la ven como el extremo occidental de una nueva ruta marítima más rápida de China a Europa, posible gracias al impacto del calentamiento global en las aguas llenas de hielo de la costa siberiana. Con la guerra que asola Ucrania, esta ambición suena ahora a fantasía. El apoyo de China a Rusia está alimentando la desconfianza de Occidente hacia los planes de la potencia asiática con la Ruta de la Seda. Y China no se retira del Ártico. Sigue viendo allí la oportunidad de aumentar su influencia y beneficiarse de los recursos naturales de la zona.

Vista aérea de Kirkenes. Al otro lado de la montaña está Múrmansk (Rusia) | I.L.

‘Ménage à trois’: un amasijo de intereses

Y es que el aumento de las temperaturas en el Ártico está abriendo lentamente nuevas posibilidades para el transporte, pero la geopolítica está cambiando la región más rápidamente. Kirkenes lo siente con fuerza. El 29 de mayo, Noruega cerró el paso fronterizo a los turistas del otro lado. En un clima así, es difícil imaginar cómo podría despegar el proyecto chino de la Ruta de la Seda, presentado en 2017. Parecía una gran idea: utilizando la ruta marítima septentrional del Ártico, los envíos de Shanghái a Hamburgo podrían tardar apenas 18 días, frente a los cerca de 35 días necesarios para la ruta a través del Canal de Suez. O 10 días más, ahora que el tráfico se desvía por Sudáfrica para evitar los ataques de los rebeldes hutíes en Yemen.

Kirkenes esperaba venderse como el primer puerto libre de hielo al que llegarían los portacontenedores procedentes de China tras atravesar el segmento ruso. Podrían utilizarlo como lugar de descarga de mercancías en buques que zarparían hacia otros puertos de Europa. O podrían transferir sus mercancías a trenes que las llevarían mucho más rápido a los mercados europeos. «Si todo esto ocurriera, el norte de Europa pasaría de ser un mero punto final del flujo de mercancías a una puerta de entrada para ellas», se entusiasmó People, la principal revista teórica del Partido Comunista Chino, en 2018. El plan de China sumiría al país en una racha en la que sería el dueño de la construcción de puertos, ferrocarriles, carreteras y otras infraestructuras en todo el mundo.

«Rusia está muy interesada en contar con los chinos porque no tiene otras opciones»

Los habitantes de Kirkenes, que viven en una zona con una densidad de población muy inferior a la de cualquier provincia española, han estado años escuchando hablar de proyectos faraónicos para la ciudad. Algunos veían en el imparable deshielo del Ártico una gran oportunidad: el puerto de la localidad es el más próximo a China de toda Europa por la ruta marítima del Norte. Los barcos chinos aún se están esperando. Y los rusos ya nadie los espera. 

Un gran problema es que Kirkenes no tiene conexión ferroviaria con ningún lugar de Europa. Se había hablado de construir una con la vecina Finlandia. Su frontera está a 50 kilómetros; la línea se uniría a la red ferroviaria finlandesa en la ciudad de Rovaniemi, el hogar oficial de Papá Noel. Pero también fue en balde. Finlandia, vecino directo de Rusia y acostumbrado a dormir con un ojo abierto ante las ocurrencias de Putin, se acobardó rápido al respecto de esa idea. En 2019 publicó un informe en el que expresaba sus dudas de que una línea de este tipo pudiera ser rentable, «y mucho menos aceptable para los pastores de renos indígenas, los samis, cuyas tierras atravesaría», aseguraba el informe. Es reseñable la alusión a la tribu: el Ejecutivo finlandés no suele tenerlos en cuenta para prácticamente ninguno de los proyectos que pone en marcha en suelo sami, ni el tipo de consecuencias que puede tener cualquiera de sus ideas sobre la economía local.

Rusia y China están diseñando estrategias para usar la Ruta Marítima Septentrional en un futuro próximo | Reuters

China aislada, China cabreada

En materia puramente geopolítica, Finlandia y Suecia se han unido recientemente al pacto de defensa de la OTAN y son miembros activos de la misma. Así que China se encuentra más al margen en asuntos árticos. Y eso ha generado una frustración mayúscula en el imperio. En Russian Studies, una revista académica china, dos académicos chinos, Yue Peng y Gu Zhengsheng, escribieron en febrero que Rusia se estaba debilitando en el Alto Norte. «El equilibrio original del Ártico se ha roto, y la balanza en la región ártica se está inclinando hacia los países occidentales». La imagen de China en la región, decían, se enfrentaba a «un riesgo significativo de declive». Esto podría tener un «enorme impacto negativo en la futura participación de China en los asuntos del Ártico», sugirieron los académicos.

En este momento, Rusia controla casi la mitad del litoral ártico y una gran parte de sus reservas de petróleo y gas. Por ahora, los buques chinos no pueden utilizar la Ruta Marítima Septentrional porque Rusia cobra grandes tasas por el uso de sus rompehielos. Sin embargo, las empresas chinas ven ventajas en Rusia, que dirige sus negocios a Asia para compensar la pérdida de mercados occidentales. Entre ellas, la participación en la construcción de puertos, proyectos petrolíferos y gasísticos y la construcción de buques para navegación (China es un gran comprador de energía rusa). Puede que en el pasado Rusia se mostrara reacia a que China participara en el desarrollo de su costa ártica. Ahora ve con buenos ojos la ayuda china. «Rusia está muy interesada en contar con ellos porque no tiene otras opciones», afirma Kjell Stokvik, del Centro de Logística del Alto Norte de Kirkenes. «Así que, en cierto modo, para China están en muy buena situación».

La OTAN exhibe músculo en el Ártico

La desconfianza hacia Rusia desde Escandinavia también se traduce en una mayor presencia militar en el norte. El Gobierno noruego anunció en marzo que invertirá este año 3.000 millones de coronas (310 millones de euros) adicionales en defensa. Un tercio se destinará a la compra de munición, armas ligeras y equipamiento militar básico. Oslo también aumentará los recursos para las actividades de espionaje en el Ártico, principalmente en torno a Kirkenes. Desde los años 50 los servicios secretos noruegos han trabajado de manera continuada cerca de la frontera. Su prioridad siempre han sido los submarinos en el mar de Barents de la Flota del Norte, que están cargados con más de 400 armas nucleares.

Además, durante tres semanas de marzo y abril, en plena guerra de Ucrania, la OTAN realizó unas maniobras militares a gran escala en el Ártico noruego. Más de 30.000 soldados de países aliados participaron en esta edición de la ‘Cold Response’, los simulacros bienales que se realizan en el país escandinavo.

Por primera vez, las maniobras de la Alianza en Noruega se planificaron en Oslo, y no en la sede de la organización en Bruselas. Estos ejercicios militares permiten al país nórdico y a sus aliados demostrar su capacidad de operar conjuntamente en condiciones meteorológicas extremas. Para Noruega, miembro fundacional de la OTAN pero que no permite las bases permanentes de soldados extranjeros en su territorio, estos ejercicios son clave para poder exhibir su habilidad de coordinar a las tropas aliadas. Las Fuerzas Armadas Noruegas ya han afirmado que la ‘Cold Response’ 2024 es el ensayo militar a mayor escala celebrado nunca en el país.

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